UN CONGRESO DE TEÓLOGAS. Ignacio Pérez del Viso, sj*

En: Vida Pastoral, junio-julio 2008

* Profesor de Doctrina Social de la Iglesia, director de la revista Stromata, vicerrector de las Facultades de San Miguel, investigador del CÍAS, asesor de las Comisiones Episcopales de Ecumenismo y de Pastoral Social.

Antes de que comenzara el Primer Congreso de teólogas latinoamericanas y alemanas, algunos se preguntaban por qué hacer un congreso de “teólogas” y no de Teología, abierto a los investigadores de ambos sexos. El título podía resultar algo extraño, como si se hiciera un congreso de astrónomas, ya que la ciencia está más allá de esta diferencia. Parecía además una aceptación de la discriminación, como si el pensamiento de ellas no valiera por sí mismo sino por el número de las congregadas. Al aislarse, ¿no quedarían atrapadas por el revanchismo de las feministas más extremas?
Sin embargo, este congreso de teólogas, desarrollado a fines de marzo de 2008 en nuestras Facultades Pontificias de Filosofía y Teología de San Miguel, justificó su realización. Esto no significa que se mantendrá como estructura permanente. Quizás se realicen algunos congresos más y finalmente se considere que ya han cumplido su misión. Es difícil predecirlo. Lo cierto es que hoy, a mi entender, un congreso de teólogas era conveniente y necesario. Tampoco estuvo “cerrado” a los varones, ya que éramos una quinta parte de los 280 participantes. La marginación que todavía padecen las mujeres en la sociedad y en la Iglesia es evidente. Hace cuatro años se celebró en Buenos Aires un encuentro entre la Iglesia católica y el Congreso Judío Mundial. Integrábamos la delegación católica, presidida por el cardenal Kasper, 25 varones. Integraban la delegación judía 24 varones y una mujer, una rabina. Eso sí, había muchas secretarias y traductoras. Esta marginación sólo podrá ser superada yendo a las causas y no meramente a los efectos. No niego el valor de contención que se realiza al trabajar sobre los efectos y avanzar hacia una mayor igualdad entre hombres y mujeres. La ley del cupo femenino en nuestro país, para la elección de los y las representantes del pueblo, asegura el mínimo de un tercio para las mujeres, lo que es un logro razonable.
Pero si no vamos a las causas, la lucha se vuelve agotadora por los pocos éxitos obtenidos, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Sobre el cambio de mentalidad en la Iglesia, mencionaré una homilía que escuché hace poco sobre el relato del pecado original. Resulta que la astuta serpiente no se dirigió a Adán, que la hubiera arrojado con un palo, sino a Eva, el punto débil de la pareja, y así logró infiltrarse en el Paraíso. Sobre el cambio de mentalidad en la sociedad, observo lo siguiente: podemos aumentar las penas contra los hombres que golpean a sus mujeres. Quizás así disminuyan esos delitos en un 10%. Pero continuarán las palizas a sus compañeras mientras no modifiquemos las pautas culturales, tanto de ellos como de ellas. Una señora que vive en el norte de nuestro país me contó que un día vio llegar a su empleada doméstica con la cara llena de moretones. Le propuso acompañarla a la comisaría para hacer la denuncia. Pero la empleada le respondió: “No señora, nosotras decimos que cuando el marido no nos pega, es porque anda con otra”.

Opción por las culturas

Estos hechos plantean un desafío a psicólogos y sociólogos, entre otros. Pero las teólogas, se dirá, no están para ocuparse de problemas culturales sino religiosos. Es verdad, era verdad, sobre todo antes del Concilio, pero hoy reflexionamos siempre a partir de la inculturación de la fe. No existe una fe universal, conservada en el Depositum fidei, que se vaya entronizando luego en cada cultura. Toda expresión de fe es inculturada. No existe una Biblia revelada, guardada en el Sancta sancionan, que sea luego traducida a cada idioma. La Biblia misma nació en una cultura, en varias culturas, sobre todo en la hebrea y la griega. Es como si empezara ya traducida. Esto lo palpamos bien en el Nuevo Testamento, cuyo texto oficial es el griego, detrás del cual adivinamos las expresiones hebreas de la predicación de Jesús y las categorías del pensamiento semita.
La problemática teológica se entrelaza con la cultural. Si Jesús hubiera nacido en América podría haber celebrado la Eucaristía con maíz, o con arroz en Asia, y sin vino en la India. La tradición nos ha conservado las hostias de trigo, aunque el pan de la Última Cena quizás fue de cebada, como los panes que multiplicó en el desierto (Jn 6,9). En algún país, con aprobación de los obispos, los sacerdotes se ven en la necesidad de celebrar la misa con una comida o bebida similar a la prescripta, por la imposibilidad de encontrar pan o vino. Viniendo a nuestro tema, la elección de los Doce apóstoles, doce varones, ¿es un elemento cultural, incorporado por Jesús, como el trigo y el vino, ya que los apóstoles representarían y renovarían la función de los Doce patriarcas, de quienes nacieron las Doce tribus de Israel, o es una decisión adoptada por Cristo mismo para la Iglesia de siempre? El estudio de esta cuestión, que toca tan de cerca a las mujeres, sigue ocupando a las mejores mentes teológicas, para examinar si los argumentos aducidos están tomados de la Biblia, de la Tradición y/o del Magisterio, teniendo presente también el sentir de todos los fieles. El tema de la ordenación de mujeres fue apenas tocado en este congreso. Aclaro que la palabra “ordenación” es ambigua. Todos piensan en la ordenación para el sacerdocio, como en el caso de los presbíteros y obispos, pero existe también la ordenación de diáconos, primer grado del sacramento del Orden, pero que no es considerado una forma de sacerdocio sino de ministerio o servicio. En un grupo donde se trató la relación entre mujeres y diaconado, mencioné la opinión del teólogo Schmaus, tan apreciado por Pío XII. Sostenía este teólogo que las ordenaciones de diaconisas, realizadas por la Iglesia desde el siglo III, eran auténticas ordenaciones y no meras bendiciones que se dan a ciertos laicos para determinados oficios. La razón es que si se empleaba para las mujeres el mismo ritual que para la ordenación de los diáconos varones, el efecto debía ser el mismo. Y como informó entonces una de las teólogas alemanas, este año se realizará en Alemania un congreso sobre el tema de las mujeres y el diaconado, con teólogos de primera línea, como el cardenal Lehmann. Los movimientos feministas constituyen una característica de la modernidad, en la segunda mitad del siglo XX, sobre todo a partir de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948. Estos derechos, que se pretenden universales y permanentes, fueron luego reinterpretados desde cada cultura. En algunos casos, desde culturas que se encontraban aún en la etapa de la pre-modernidad, y las mujeres continuaron en su dependencia ancestral respecto del padre y del marido. En otros casos, como en los países de mayoría musulmana, se reconoció a los extranjeros el derecho a vivir su fe, pero no a los propios fieles el derecho a abandonar el Islam para incorporarse a otra religión. Algo así como no le reconoceríamos a un ciudadano argentino el derecho a abandonar caprichosamente su ciudadanía, y lo obligaríamos a cumplir con sus obligaciones de ciudadano, entre ellas la de defender a la Patria.
El voto de las mujeres, en la Argentina, fue adoptado en 1947 y hace seis meses una mujer fue elegida para el cargo de presidenta, lo que ocurre por primera vez en nuestra historia. Es notable el camino recorrido. Pero hemos ingresado en la penumbra de la postmodernidad, donde los perfiles se diluyen y se pueden confundir valores con antivalores. La libertad de las mujeres, que es un auténtico valor, puede convertirse en un rechazo de la maternidad, como ocurre en gran parte de Europa, donde es alarmante el descenso de la natalidad. La utilización del “género”, que es una categoría cultural, puede llevar a prescindir del fundamento del “sexo”, que es una categoría biológica y antropológica. Por todo ello, son necesarios los encuentros de teólogas, para arrojar luz sobre una serie de cuestiones discutidas y con frecuencia mal discutidas, que les conciernen directamente.

Opción por la vida

Así como muchos piensan que un encuentro de teólogas debe estar centrado en el tema de la ordenación de mujeres, muchos consideran también que un encuentro de “feministas” debe terminar acaparado por el tema del aborto, como un derecho de ellas a decidir sobre su propio cuerpo. Ese derecho lo tienen, sin lugar a dudas, como lo tiene igualmente el pequeñísimo bebé. Pero aquí también se equivocarían los observadores, porque el aborto no fue un tema propuesto en este congreso. Es posible que haya sido conversado en algunos grupos, ya que siempre es necesario estudiarlo para ver al menos qué actitud adoptar ante los diferentes proyectos de ley de despenalización del aborto, porque no todos son igualmente objetables. Cuando la aprobación de una ley parece inevitable, se procura al menos incorporar la cláusula de la objeción de conciencia, para que un médico o un hospital católico, o de otra convicción, no sean obligados a practicar abortos. Y muchos otros puntos de esas leyes pueden ser contrarrestados. Esta reflexión sobre el aborto sale de mi pluma y no del congreso de teólogas, con lo cual estoy desinformando a los lectores. Pero en realidad no me propuse hacer una crónica de los tres días del congreso ni una síntesis de sus ideas, sino confesar que lo que escuchaba era para mí una fuente fecunda de inspiración. Los varones nos preocupamos más por penalizar delitos mientras que las mujeres se sienten llamadas a cicatrizar heridas y acompañar a las embarazadas para que se contagien de la alegría de ser madres. El encuentro de la Virgen María con su parienta Isabel, ambas futuras mamas, nos muestra cómo la fe y la confianza en Dios son un motivo de profunda alegría para todas las embarazadas. Aunque no lo oí en este congreso, salí con la convicción de que debemos gastar más energía en acompañar a las futuras mamas que en sancionarlas cuando se sienten sin fuerzas para continuar su misión.

Aclaro que en http://www.teologanda.com.ar podemos encontrar información de primera mano sobre el encuentro. Dejando de lado, entonces, lo que no se trató directamente en este congreso, vengamos a temas que sí se trataron ampliamente. Las expositoras insistieron ante todo en actitudes. No se presentan como “víctimas” de los varones, aunque muchas mujeres lo sean, quizás no de violencias físicas pero sí de discriminaciones culturales y laborales. Más que oponerse a la violencia, se sienten portadoras de un mensaje de paz. Los varones, con frecuencia, nos oponemos violentamente a los violentos. En algunos países mediante la guerra preventiva o la pena de muerte, en otros mediante el gatillo fácil. Cuando van hombres a la Plaza de Mayo, aparecen grupos con palos y encapuchados. Las mujeres, en cambio, han ido con una vela en la manifestación por el hijo de Blumberg, o con un pañuelo o con una cacerola. Ellas son portadoras del ramo de olivo, como la paloma al regresar al Arca de Noé.
El tema de los derechos humanos estuvo bien presente en este Congreso. Fueron evocadas las Madres y las Abuelas de la Plaza de Mayo, así como las marchas de silencio por María Soledad o por otras víctimas. No se quedan en los enunciados de los derechos del Niño, sino que se ocupan personalmente de los chicos de la calle. Los varones tendemos más a generalizar los problemas y a cuantificarlos. Si el INDEC, el cuestionado INDEC, informa que han descendido los índices de pobreza y de indigencia, nos alegramos, felicitamos al gobierno y hasta nos permitimos un brindis. Las mujeres, en cambio, ven a esta familia concreta, revolviendo basura, y quedan conmovidas, por más brillantes que sean los números del INDEC. No están para brindis sino para lágrimas de solidaridad.

Opción por la Iglesia profética

Los varones tendemos a que la Iglesia “funcione” bien, con la eficiencia de una empresa moderna. Deseamos conocer los ingresos y los egresos de cada parroquia y de cada diócesis. Realizar estudios sociológicos antes de emprender una misión, como la proyectada en Aparecida. Tener sistemas científicos de evaluación pastoral. El 26 de marzo se publicó un artículo en La Nación sobre el celibato, pero desde el punto de vista económico, es decir cuánto le costaría a la grey católica mantener sacerdotes casados. Estaba escrito obviamente por un hombre, Martín G. De Biase, y era muy interesante. Una mujer, en cambio, habría estudiado aspectos humanos del celibato y la función de la hipotética mujer del cura en la parroquia, al estilo de una diaconisa. Para ellas la Iglesia es una familia más que una empresa, un hogar donde recibir a los extraviados más que una agencia de publicidad de mensajes religiosos. En el fondo, hombres y mujeres nos necesitamos, y la Iglesia debe ofrecer ambos rostros, el de una eficiente empresa pero sobre todo el de una alegre familia.
Otro tema que apareció fuertemente en el congreso fue el de las etnias y los migrantes, dos aspectos muy vinculados entre sí, ya que en América Latina los desplazados son, por lo general, miembros de etnias poco favorecidas. Y aquí se vio lo que tienen en común con la Teología de la Liberación. La Unión Europea comenzó, hace medio siglo, con el ideal de la libertad y la supresión de los muros, sea el de Berlín sea la “Cortina de Hierro”. Hoy las circunstancias han cambiado mucho, sobre todo desde el atentado a las Torres Gemelas y los subsiguientes en Londres y Madrid. El ideal de la libertad, de sabor profético, pareciera haber sido reemplazado por el ideal de la seguridad, reconstruyendo los muros que antes derribaban. Una teóloga alemana confesó el conflicto de conciencia que sufren como cristianas, viendo a los africanos que intentan llegar a Europa en buques miserables o en simples botes, que con frecuencia naufragan. Un testimonio similar lo dio otra teóloga de los Estados Unidos, sobre los migrantes mexicanos y de regiones vecinas.
La Argentina era un país casi despoblado a mediados del siglo XIX, comparado con Solivia o con Perú. Unas formidables olas de inmigrantes hicieron a la Argentina moderna. Es común que un adulto hoy tenga un abuelo italiano o español. Pero hemos olvidado ese evento fundacional y miramos a los inmigrantes de hoy como extraños a nuestra cultura. Les concedemos algunos beneficios, pero trazamos una línea. Incluso el renacimiento de culturas aborígenes, como en Bolivia, nos causa preocupación. Ahora bien, las mujeres poseen una sensibilidad especial para captar la idiosincrasia de otras etnias, en particular cuando se trata de etnias que parecen haber perdido el famoso tren bala de la historia. Los varones, con sentido práctico, los inducimos a que se inserten en el mundo moderno, estudiando inglés y computación, de lo contrario no tendrán futuro. Las mujeres, sin olvidar estos valores útiles, prestan mayor atención a los valores culturales y religiosos, recuperando su pasado y su identidad histórica.
Tienen antenas más sensibles para los sentimientos de los migrantes, en el inestable presente en el que sobreviven. En los últimos años tres mujeres han sido declaradas doctoras de la Iglesia, sumándose a los 30 doctores varones. Esto nos muestra que en la función profética estamos todos abiertos a la acción del Espíritu que sopla donde quiere. Benedicto XVI ha dado testimonio de la dimensión profética de Chiara Lubich, fundadora de los Focolares. Y la misión del teólogo y la teóloga va en la línea profética, no sólo en la docente, del magisterio. Cuando hablamos del Magisterio de la Iglesia, quedamos con la impresión de que se trata de una función propia de la Jerarquía. Propia sí, pero no exclusiva. En la Edad Media las universidades poseían una elevada responsabilidad.
La de París era casi una instancia final para dirimir la ortodoxia de un escritor, incluso de un Papa. Juan XXII tuvo que retractarse en la hora de su muerte (1334), acusado de herejía. En los concilios, no todos eran obispos, por lo cual las decisiones eran adoptadas por los “Padres conciliares”. Quizás algún día tengamos Padres y Madres conciliares. En Aparecida, colaborando con los obispos, había un grupo de teólogos y teólogas competentes. Diría que eran más que asesores, consultores o secretarias. Obispos y demás participantes constituían equipos de trabajo, donde no importaba tanto quién tenía un voto más calificado sino en qué sentido soplaba el Espíritu en la Iglesia. De ese modo, el Magisterio no perdía su carácter profetice.

Opción por el diálogo

Una de las teólogas, llevada por los obispos brasileños a Aparecida, fue María Clara Bingemer, de brillante actuación en este primer congreso. Llamó la atención sobre textos de Aparecida en los que se habla de la participación de los laicos en la planificación pastoral. Lo común, hasta ahora, era que se ocuparan de la ejecución de lo ya decidido en las altas esferas. Ahora son invitados/as a colaborar también en la elaboración previa: “Ellos (laicos y laicas) han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales” (N° 213). Esa ha sido una característica de este primer congreso, impulsado por la argentina Virginia R. Azcuy y la alemana Margit Eckholt. No se quedan esperando que les lleguen directivas sino que se adelantan creativamente para participar en la toma de decisiones, cada una según su propio carisma y ministerio. De este modo participan en la triple función de Cristo, sacerdote, profeta y pastor. El sacerdocio bautismal, la profecía teológica y la pastoral participada.
El espíritu de este congreso ha sido fomentar el diálogo en la Iglesia, no el enfrentamiento. Este diálogo eclesial se prolonga espontáneamente en el segundo anillo, el del diálogo ecuménico con otros cristianos, ya que algunas de las participantes eran evangélicas y adhería a este congreso el ISEDET de Buenos Aires, Instituto Universitario de Iglesias evangélicas. Una teóloga bautista, en su exposición, dijo, sonriendo: “No soy católica, pero voy a hacer mariología”, y se explayó bellamente sobre la Virgen María. El diálogo eclesial y ecuménico se proyecta a su vez, en un tercer anillo, el del diálogo interreligioso, con los de otra religión, en particular las de etnias aborígenes y afrodescendientes de nuestro continente. Y el cuarto anillo del diálogo, o el primero en la Ecclesiam suam de Pablo VI (1964), se realiza con todas las personas de buena voluntad, creyentes o no. Para las teólogas alemanas este cuarto anillo adquiere un significado especial, ya que en su país un tercio son evangélicos, otro tercio católicos y un último tercio es de agnósticos, ateos o indiferentes. En nuestro continente, en cambio, este último sector, el de no creyentes, alcanza sólo un 5 %, o algo más según las regiones.
Si alguna crítica puedo permitirme a tan ilustre comunidad de teólogas es un uso quizás excesivo del término “empoderamiento”, neologismo proveniente del inglés “powerment”. El término mismo es muy preciso pero no igualmente expresivo. Cuando hablamos de “teología de la liberación” o de “diálogo ecuménico”, todo el mundo comprende. Pero al referirnos, ante el gran público, a la “inculturación” de la fe o al “empoderamiento” de las mujeres, debemos añadir explicaciones. Más allá del concepto, lo importante es el significado. Las mujeres que han perdido su libertad de acción en algún terreno, deben recuperar el “poder” o la capacidad de actuar libremente y ser reconocidas como poseedoras de ese “poder”. Este proceso de recuperación de su dignidad es denominado “empoderamiento”.
No pretenden las mujeres, con la categoría del empoderamiento, buscar el poder que tuvieron los hombres, como si pasaran de la mística del servicio a la ideología del poder. El que hasta ahora han acaparado los varones, en la Iglesia y en la sociedad, debe ser compartido por ambos sexos. No “repartido”, como delimitando áreas, ya que esos repartos han sido desventajosos para las mujeres, con ellas trabajando en casa, a cargo de los chicos, y ellos actuando afuera, para ser atendidos a su regreso. No existe la fórmula ideal para compartir el poder, pero es importante que partamos de la convicción de compartir este servicio. El reconocimiento que reciben en el ejercicio del poder, es una forma de compartirlo. El gran aporte de las mujeres a la Iglesia en esta materia sería restablecer el primado del poder moral, lo que no significa excluirlas de las otras formas de poder. Como vimos en este congreso, ellas pueden enseñarnos a ejercer el poder de la vida, del profetismo y del diálogo.
Cuando falleció la Madre Teresa, de Calcuta, el presidente de la India dijo, solemnemente: “Ahora la India posee dos figuras luminarias, el Mahatma Gandhi y la Madre Teresa”. Repentinamente esta mujer pasó, de ser misionera de una comunidad católica de 18 millones de fieles, a ser el arquetipo de solidaridad para un país de 1.100 millones de creyentes de otras religiones. Algunos colegas la criticaron en vida, porque parecía más interesada en los efectos, digamos en acompañar a los moribundos miserables, que en las causas de la pobreza. Pero ella peregrinaba hacia las causas, no económicas sino culturales y religiosas, y se remontó al manantial de la dignidad humana.

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